lunes 5 de mayo de 2008

ANIVERSARIO DEL PRD

Nueva Izquierda

Por Ferrer Galván Acosta

El Partido de la Revolución Democrática (PRD) se fundó en 1989, el cinco de mayo, en las instalaciones del Restaurante Covadonga, en la colonia Roma. Fundado por una gran gama de dirigentes sociales y políticos, a veces muy distantes en la forma y en ocasiones en el fondo. Por el PRD han desfilado hombres y mujeres que luego se han ido al ver a ese partido como algo muy lejano a la percepción individual, quizá sólo hayan sobrevivido quienes han podido encajar en la organización formal e informal, es decir en los Consejos Nacionales o Estatales o en las corrientes de organización partidaria.

Por el PRD transitaron personajes muy importantes, por ejemplo, Gilberto Rincón Gallardo, Jesús González Schmall, José Woldenberg, Jorge G. Castañeda, Adolfo Aguilar Zinser, entre otros muchos que participaron inicialmente en él y luego salieron para continuar sus proyectos personales, algunos de ellos muy cercanos a la caída del PRI en 2000. ¿Qué idea o proyecto político unificó así a dirigentes del ala radical de la izquierda, del ala social popular, del PRI y de la intelectualidad como para conformarse en un solo bloque? De manera más concreta, ¿Qué interés grupal o nacional unió a Cuauhtémoc Cárdenas, Jorge G. Castañeda y Heberto Castillo?

El Partido de la Revolución Democrática genera una lucha muy concreta que al paso del tiempo se va afinando: el combate al proyecto neoliberal instaurado en la década de los ochenta en México y la democratización de nuestro país. Bajo esa idea clara, miles de hombres y mujeres consolidaron un proyecto de nación, nuevo, distinto, alternativo y, sobretodo, alcanzable pues se apegaba a los intereses de una izquierda moderna, que unificaba el paradigma de la lucha por la justicia con el de la libertad y la democracia; una izquierda menos dogmática, pero más clara en sus planteamientos; una izquierda que veía en la democracia un instrumento para detectar la injusticia e iniquidad que carga nuestro país.

Una izquierda que, a diferencia de los muchos años que transcurrieron desde que en 1919 se había fundado el Partido Comunista, se planteaba de manera efectiva y convincente tomar el poder público para ejercerlo en beneficio de las mayorías; una izquierda que entendió, tras años de pugnas por los modales, que no existen las mayorías sino que la fuerza social de la mayoría explotada sólo puede expresarse a través de la suma de las minorías; una izquierda electoralmente poderosa a la que el régimen de partido único, por primera vez, le temió y por lo que se vio obligado a dejar el poder en manos de la “oposición” espejo del PRI, el Partido Acción Nacional; una izquierda que unía todas sus virtudes, y también todos sus defectos; una izquierda, pues, que significó una verdadera contraposición a la derecha.

A 19 años de fundado el PRD, un sector impone al presidente interino en medio de una crisis política sin precedentes. El impostor Guadalupe Acosta Naranjo es un hombre ajeno en su totalidad a las razones que fundaron el PRD.

Acosta Naranjo disuelve por sí mismo todos los temores que Salinas tuvo del PRD, pues a pesar de ser un presidente antiestatutario, demuestra la voluntad de la Nueva Izquierda por ser una oposición legitimadora.

De cuajar la imposición de Naranjo, lo cual parece difícil, el Partido de la Revolución Democrática no pasaría a ser lo que el PAN fue con Salinas de Gortari, una oposición a modo, sino que se convertiría en una especie de PARM de la derecha, en el que sólo se colocarían agentes políticos que ocupen posiciones compradas o becadas, pero que no ejerce una verdadera voluntad por la toma del poder.

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J. Enrique Olivera Arce dijo...

“Que se vayan todos”

Conforme pasan los días y nadie da su brazo a torcer, el PRD se asume ya como una triste caricatura de lo que llegó a ser y representar durante el proceso electoral del 2006. A unos días de cumplir 19 años, la percepción generalizada que ofrece a la ciudadanía es la de no tener ya nada que celebrar.

Habiendo perdido credibilidad y respeto, culmina su ciclo histórico como lo que es y ha sido siempre: un conglomerado de corrientes corporativas y patrimonialistas que responden a intereses personales concretos e irreconciliables de sus respectivos liderazgos. El factor de una presunta unidad, más que el interés por representar a la izquierda nacional, es y ha sido, la pugna personalista por el poder y las prebendas que de este derivan, como el reparto de cuotas en la designación de candidatos a puestos de elección popular, y la rebatinga en torno a los dineros públicos que como prerrogativas, la sociedad asigna a los partidos políticos.

Ni la izquierda mexicana, ni la sociedad, lo merece. El capital político electoral acumulado a lo largo de 18 años, incluida la opción mayoritariamente aceptada de dar la lucha en el seno de las instituciones republicanas, se tiró a la basura en los últimos dos meses.

Frente al suicidio anunciado del PRD, se festina el paso al bipartidismo de facto en la vida política nacional; se valida el modelo neoliberal de desarrollo para el país, e incluso se legitima el esfuerzo de la derecha, en su búsqueda de la regresión histórica de las conquistas populares. A la privatización de los recursos energéticos, habrá de sumarse la reforma laboral flexibilizando la relación obrero-patronal, y lo que sigue, para hacer de México un enclave más en la estrategia expansionista de las poderosas trasnacionales extranjeras. La izquierda, como lo afirma Calderón, fracasó y seguirá fracasando.

Lo anterior podría ser una lectura simplista y lineal de la crisis que a su interior y de cara a la sociedad, vive el PRD, en el marco de la crisis generalizada del sistema nacional de partidos políticos.

A la luz de la historia de la izquierda, sus paradigmas ideológicos, sus conquistas y derrotas, sus mártires, sus recurrentes crisis de crecimiento, el encumbramiento y claudicaciones de las dirigencias, la lectura podría ser diferente. Lo que hoy ofrece el partido del sol azteca, va más allá de las diferencias y confrontaciones entre personajes y grupos interesados en hacerse de la estructura partidista, y lo que ello representa en términos de rentabilidad política y económica. Va más allá, incluso de posicionamientos políticos e ideológicos controversiales respecto a la situación crítica que vive el país. Más allá de la ya de facto fractura entre el “lopezobradorismo” y los “chuchos”. Lo que se observa, es un claro divorcio entre dirigencia y una base militante impelida a asumirse hoy día como huérfano en casa ajena, pero de ninguna manera derrotada y si arropada por la izquierda social, auténtica y congruente con su pasado histórico.

La comunicación entre la dirigencia en todos los niveles de la ya frágil estructura del partido, y la militancia, parece estar perdida. No necesitamos ir muy lejos para confirmarlo, Veracruz es ejemplo de ello y pudimos observarlo durante el desfile del Primero de Mayo en Xalapa. El actual dirigente estatal, aislado y dormitando a la sombra de una carpa, en tanto la militancia, confundida con petistas, convergentes y ciudadanos sin partido, a pleno sol agitando banderas y pancartas con leyendas en defensa del petróleo.

En el momento de redactar este apunte, a unas horas de su Consejo Nacional definitorio, la estructura formal del PRD busca y no busca una salida consensuada a la crisis. En lo único que hay consenso es en la necesaria refundación. Volver a mezclar agua y aceite en el mismo crisol; con los mismos personajes, bajo el mismo registro y bajo el mismo techo financiero que les cobija. De lograrlo, ya nada será igual. Como en el peronismo de la Argentina del diciembre de 2,001, la militancia harta de corrupción, simulación y manipulación, con el respaldo de la izquierda auténtica, no tardará en agitar la consigna en contra de sus actuales dirigentes: “Que se vayan todos”, pero de ninguna manera claudicará aceptando que todo está perdido.

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